domingo 1 de enero de 2012

A Una Cuadra de Rusia

A las once de la noche llegó Chicho. Lo botaron de Pinturas. Se iba para Rusia, a gastarse los cuartos de la liquidación con cueros de alto calibre. Me invitaba ¿Rusia, Chicho? Una cuerería en algún lugar de Arroyo Hondo. Las mujeres son rusas. Nunca había estado, pero le contaban que estaba del carajo. Claro que me iba a pagar la puta y los tragos.

Catorce vueltas en el taxi para llegar. Un motoconchista borracho que hacía peligrosos zigzags en la Sol Poniente nos puso finalmente en la dirección correcta, valga la paradoja. El bar, pasado de rojo, estaba vacío y las sillitas redondas con asiento de alfombra esperaban a los clientes volteadas sobre las mesas. Un bartender se espantaba las moscas viendo el juego de basket, en que Indiana perdía de New York en Indiana. Pero, aquí no hay mujeres ¿Qué no? Vengan por aquí. Pasillos estrechos, puertas bajitas, escaleras, callejones, carteles de Miller Light, sábilas en macetas y un gold fish hambriento y solitario mareándose en su pecera. Otra escalera hasta el descampado. Esto no está sucediendo en mi país, debo estar soñando.

Resort ruso en el Caribe. Allá en el fondo, una edificación de dos pisos con tejitas rojas y balcones con buganvillas se recortaba contra la noche, era el lugar donde evidentemente todo quedaba consumado. Una piscina en forma de ocho se abría espacio en medio de las mesas blancas, los sillones en piel, los paraguas, los gazebos y las palmas. Una rubia de seis pies, de esas que salen en la TV sobándole el pijama de seda a Hugh Hefner, nos dice hola, en español, con acento que asumo ruso. Tuve que recogerle el maxilar inferior a Chicho. El bartender llamó a un mozo y le pidió que nos atendiera.

—¿Cómo es la cosa, hermano?—Pregunté con voz de Chivas.
—Son ocho mujeres, vienen de Rusia, sólo hablan inglés.
—Y ruso, supongo.
—Exacto, y ruso. Pero aquí sirve de poco.
—Nunca se sabe, camarada ¿Y la tarifa?
—Cinco mil pesos, por una hora. Si la quieren sacar, son treinta. No más de cuatro horas.
—¡La semana!— Dijo Chicho.
—Ya oíste hermano—Dije tomándolo del brazo—Creo que hay mejores formas de gastar tu liquidación.
—¡Mierda pa’ ti! ¡Aquí rapo yo esta noche! Y lo tuyo sigue en pie, si no te me espantas ¿tú no ‘tás viendo estas mujeres? ¡no existen, no existen, son mandadas a hacer!
—Como tú quieras, gallo. Son tus cuartos. Yo no me voy a espantar. Ni aunque hubiese dejado el pito en casa.
—¿Se sientan?— Preguntó el mozo.
—¡Pero claro!— Dijo Chicho— Me trae di una vez una Presidente y a mi pana aquí…
—Chivas, a las rocas. La cerveza da impotencia.

Las mujeres no venían a tu mesa. Cómo se ve que eran rusas. Después que nos sirvieron los tragos, me encaminé hacia un rincón donde había dos, conversando y fumando Marlboros Lights con mentas de espíritu. Aplatanadas y todo. Chicho me siguió detrás, gritándome que recordara que él no sabía inglés.
—Háblales en ruso—Le dije.


Eran rabiosamente hermosas, incuestionablemente jóvenes, exhalando eso que consideré la class siberiana por los cuatro costados. No podías evitar preguntarte qué hacen mujeres así trabajando de putas. Rusa puta, puta rusa, prostiputa, prostirusa, y yo y mis rimas Chivas Regal, Chivas Rimas. Cualquier hijo de rico las haría millonarias, les ofrecería una vida despreocupada, sólo por tener una cosita así adornando su sala el treinta y uno de diciembre. Te preguntabas si tenían talento para otra cosa que no fuera chupártela, si eran buenas estudiantes, si eran inteligentes, porque entonces estarías frente a un verdadero desperdicio. Te las imaginabas al frente de una gran corporación, vicepresidentes de negocios en un banco multinacional, mandando a la mierda a Don Fulano por veinte o treinta milloncitos, y él sumiso, soñando con un improbable polvo. Y, en un instante, pensabas en cómo habrían sido sus vidas en la Rusia de verdad. Habían pasado la mitad de su existencia bajo la utopía del socialismo y la otra mitad tratando de que el capitalismo les cupiera entre los brazos, en medio de ese fracaso de nación y los neocorruptos y los mafiosos y los chulos y el McDonalds y Billy Joel, Back in the USSR. Pero, allí, no podías más que agradecer a cualesquiera que fueran sus razones para estar cuereando en Santo Domingo, y a Chicho, por haber prometido encargarse de la cuenta.

La más jovencita y hermosa se llamaba Irina. La que se parecía a Marilyn Monroe se llamaba Violeta. A ésta última le dije, erróneamente, que el suyo no era un nombre ruso, sino español. Italian, me corrigió. Italiano, claro. Estos europeos se las saben todas. Pero cómo no, son vecinos. Es como encontrarse a un dominicano negro apellido Smith. Aquí todos sabemos que es de Samaná. Inteligencia geográfica. Deducción racial. De todas formas ¿Y ese nombre? My mother was born in Italy ¡Ma, cosa bella! Sorry, she died when I was two. I can’t speak italian ¡Qué pena! rusa de mierda. No pego una contigo. Me voy a sentar junto a Irina, a ver si tengo más suerte. Te dejo con Chicho, que me está secreteando que tú eres un mujerón y que no tienes madre. Como ves, aún sin haber entendido una palabra de nuestra conversación, ya sabe que eres huérfana. Te vas a llevar bien con él. Pero mejor. Era más linda, Irina. Con su vestidito rojo de fiesta, The Lady in Red, y sus cabellos recogidos en una cola.

—Hi.
—Hi.
—Do you speak english?
—No.
—Just russian?
—A lit-tle en-glish. Ve-ry lit-tle—Me dijo juntando los deditos con carita de oligofrénica.

La cagué ¿y ahora cómo me entiendo con esta otra? En fin, resignación, que para echar un polvo no hay que hablar demasiado. La enseñé a decir mi nombre es Irina, buenas noches, quiero whisky con seven up, quiero bañarme en la piscina y Emilio me enseñó español. Ella se reía y yo le preguntaba de qué y ella respondía I don’t know y se parecía a Arnold Chuchunaguer. Yo le decía let’s go to the room y ella no se movía y yo quería matarla, porque ya no quería seguir dando clases de español rápido para cueros, ni bebiendo ni fumando mentolados improvisados, y tenía la duda de si la famosa hora de cinco mil pesos ya estaba corriendo. Chicho finalmente pagó la cuenta y, cuando vieron los billetes, las mujeres se pararon en automático y caminaron hacia el edificio de las tejitas rojas y nosotros las seguimos, también en automático. Y yo pensaba, claro, no se van a la habitación hasta que no pagas, elemental, ni que fuéramos socios del club, demasiado Chivas. Rusas pero no tontas.

Tenía dieciocho años, Irina. Hacía dos semanas que había llegado al país. Y yo volvía a pensar en el hijo del millonario, mientras ella se quitaba los zapatos y se sentaba en la cama y el vestido hacía un círculo rojo bajo sus caderas y parecía que posaba para una foto en sus quince años, entre claveles y chambelanes. Era su cuarto, dormía allí con una compañera. Con cara de que quería que fuéramos amigos, ahora que éramos socios, se dispuso a mostrarme sus pequeños tesoros, que habían recorrido junto a ella miles de millas en su maletita verde. Me enseñó una medalla de la virgen María, y yo me preguntaba si los rusos adoraban vírgenes, con mi culturita deformada por la guerra fría versión yanki. Me mostró también una foto de ella junto a su hermanito Vladimir, igualito a ella pero con sombra de bigote e inocencia pre-masturbatoria en los labios, vestidos de oso frente a una parroquia ortodoxa de Khakassia. Me dio a oler dos diminutos frascos de perfume, que su madre le había echado en la maleta a última hora, de chula, la vieja. Me daba pena. Llegué a pensar que podía estar allí como una esclava, y quizás no me equivocaba. Era tan infantilmente linda. Pero, también era una puta, rusa puta, prostirusa, por las razones que fueran, y le estaba costando cinco mil lágrimas a Chicho. Pero cada vez me sentía menos excitado y más deslumbrado por su candidez. Y llegué a pensar que era una trampa, que fuera tan linda, y tan niña, y la medallita y la foto con el hermanito y el cuentito de la vieja y los perfumitos y se pasó la horita y no se lo metiste y te costó cinco mil lágrimas. Le tomé una pierna y comencé a darle un suave masaje, le explicaba que la planta de su pie estaba llena de conexiones directas con sus órganos principales. Y que la digitopuntura y que los orientales y que patatín patatán. No entendía nada, la niña, ni en español, ni en inglés, probablemente ni en ruso. Me miraba con la cara que un infante ve hacer una pizza por primera vez. Te estoy tratando de excitar, camarada. Al menos cierra los ojos y gime de mentiras, como hacen los cueros de la Feria, para ganarse sus cuartos bien ganados y dejarte sintiendo un superman, o por lo menos para que me venga más rápido. Agradece que te estoy tratando como un caballero trata a una dama, a pesar de que eres un cuero. En el tiempo que trabajes en esto no te tocará otro cliente así. Todos son bestias. Para ellos eres un trozo de carne con orificios húmedos, por dónde de se introduce el sazón, para dejarte a punto.

La besé en el cuello. Quise, borracho, besarle la boca; ella, como toda puta, no me dejó. Le zafé los tirantes del vestido y sus pechos brotaron tiernos e incólumes. En ese momento se escapó de mis brazos y se metió un instante en el baño, a hacer eso que hacen las mujeres antes del sexo, y que ningún hombre sabe lo que es. Volvió cubierta sólo por sus bragas negras, qué apropiado, y se estiró boca arriba en la cama. Yo me desnudé por completo y comencé a besarle todo el cuerpo. De sus axilas emergió, fétida y triunfante, la marca de fábrica europea, por un momento pensé que estaba besando al Padre Lucas. Aguanté la respiración hasta que llegué al ombligo, sin evitar pensar que era una pena que tanta candidez y tanta belleza fuesen secundarias ante la ausencia de un desodorante. Finalmente llegué a su entrepierna. Recordé lo que decía Puntillita de las boricuas. Si quieres que una boricua quede prendida de ti —me advirtió una vez— ve hacia el sur. Los boricuas son maricones y fisnos, y no les gusta ensuciarse la boca. Por tanto, sus mujeres no saben lo que es eso. Y no hay nada que le guste más a una mujer que eso. Así que dóblate ahí y no te despegues hasta que le tiemble el cuerpo entero. Por eso quise tratar a la rusita como si fuera boricua, por la ventura de que los rusos también fueran boricuas. Fue el momento más luminoso de la noche. Me agarró la mano y me apretó con fuerza. Finalmente, cerró los ojos. Podía ver su cara de placer surgir en medio de sus pechos. Por un instante, llegué a pensar, cándidamente, que se estaba enamorando de mí, mientras yo lamía todas las mieles de sus múltiples labios. Pero algo andaba mal. En medio del flujo marino que impregnaba mi lengua, algo no estaba funcionando. En medio del apretón en la mano, de las uñas clavadas, de sus salvajes jadeos, algo se me iba de las manos. En medio del esperado gemido, de su otra mano hundiendo mi cabeza entre sus piernas, algo me llenó de pavor. Era imposible, nunca antes, nunca después, pero estaba pasando. No tenía una erección. Mi herramienta me hacía quedar mal. Mi lengua actuaba frenética, mi espalda sudaba, el cuello me dolía, mi mano, sabia, experta, buscaba, pero nada. La medallita de la virgen María, y nada. La foto en la Catedral, y nada. Los perfumitos de la Madre de Gorki, y nada. Diez minutos, quince, veinte… nada. La alarma de un reloj despertador invadió el cuartucho con desmedida insolencia. La muchacha se incorporó como accionada por un resorte. Su cara de placer se desvaneció en un segundo y me dijo, con una sonrisa: time. I’ll pay again, grité casi llorando. Time, repitió desde la ducha, my boss kill me.

Me vestí a regañadientes. Una sensación de vacío, de terror, de impotencia, en todo el sentido de la palabra, me llenaba. Miré los preservativos sobre la mesa, sin usar. Miré el reloj condenatorio. El poster de una puta sobre una Harley. La medallita. La foto. Los perfumitos. La vi salir del baño. La vi ponerse el mismo vestido rojo que yo había babeado. Con razón tienes tanto grajo, rusa asquerosa, pensé. Me marché encendiendo un cigarrillo, sin despedirme, sin mirarla a los ojos, como si esa última muestra de orgullo caribeño fuese redimir lo insoslayable.

Chicho me esperaba junto a la piscina y una Presidente. Tenía cara de conmoción. Pidió que nos fuéramos rápido. Hizo parar el taxi en la bodega. Después de un largo silencio mutuo, se confesó. Espero que hayas aprovechado a tu rubia, me dijo con un nudo en la garganta, a mí no se me paró. Lo miré sorprendido y riendo. Esas cosas pasan, le dije, lo mejor que puedes hacer es olvidarlo. Nunca se enteró de que yo había vivido lo mismo. Nunca se enterará. Al otro día lo asesinaron en un extraño incidente. Hallaron su cadáver en un solar, a una cuadra de Rusia.

5 commentarios:

Argénida Romero dijo...

La primera lectura del año 2012 (suena a cliché, pero me encanta decirlo luego de leer algo como esto, de nuevo). Trata de no volverte a ir.

Guille dijo...

Gracias, mujer. No sé cómo me encontraste porque aún estamos en "transmisión de prueba" pero gracias por pasar. Tengo grandes planes con ésta y otra página (y de alguna forma tú eres parte de ellos según te conté) así que no, no me voy a ir ;-)

Anónimo dijo...

Saludos Guille,
Entre a este blog por casualidad en un momentico de placentera vagancia y verdaderamente quede atrapada en tu exquisita narrativa matizada con una jocosidad y picardia que envuelven.
Regue la voz entre mis amigos para que vengana leerte!
Saludos desde Florida,
Leslie

Anónimo dijo...

Gracias a una amiga leí tu publicación, te felicito por tan exquisita narrativa y la fineza con que te expresas ... estaba absorta en la lectura ... divertida historia.

Saludos desde México.

Miranda

Guille dijo...

Muchísimas gracias, Leslie y Miranda.
Este es un relato que escribí hace algunos años y que en realidad es un capítulo completo de una novela inédita que se titula Fidelidad.
Se siente muy bien saber que todavía genera entusiasmo e interés.
Están invitadas a pasar cuando gusten por este lugar. El Blog estuvo cerrado un tiempo pero lo acabo de reactivar y estaré publicando a menudo.
De nuevo, gracias, chicas. Es un honor.

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